El veneno de la discordia
Me es difícil pensar en una película como 'Falling' sin despertar una lucha interior provocada por un choque de emociones distantes entre sí. Por un lado, considero que el debut de Viggo Mortensen como director ha sido indudablemente satisfactorio. Por otro, pienso que no ha terminado de explotar gran parte de sus recursos en un proyecto al que no le falta honestidad pero sí un poco de fuerza en algunas ocasiones.
De cualquier manera, no podemos pasar por alto una de las mentes más consistentes en el mundo de la actuación de los últimos años. Tampoco sorprende que, después de tantas incursiones dentro de la industria, se haya atrevido a mostrar una faceta totalmente desconocida para el público hasta ahora. ¿Su punto de partida? un drama familiar que retrata la convivencia de John Petersen, que vive con su marido Eric y la hija adoptiva de ambos en el sur de California y Willis, un anciano intolerante y amargado que muestra signos de demencia.
Su implicación en este largometraje no solo ha consistido en dirigir, pues también se ha encargado del libreto e incluso de la música, un vínculo tan personal como profesional que sirve como prueba fehaciente de que su relato desprende intimidad, rabia y cercanía, una desnudez del alma que huye de muchos de los tópicos establecidos en un género a veces tramposo, y otras empalagoso.
Con un planteamiento que alterna entre el pasado y el presente de los personajes y rebusca entre los momentos más traumáticos de los mismos, no puedo negar que el equilibrio que ha confeccionado Mortensen es formidable, consiguiendo conmover sin ser demasiado crudo, sacando partido a un ambiente incómodo que no se excede, que no separa al espectador de lo que pasa en pantalla en ningún momento, que desarrolla varias virtudes que solapan un montaje a veces algo descuidado. Desgraciadamente, me da la sensación de que, a través de esta evasión de riesgos, ha preferido acomodarse con un guion exento de sutilezas que no potencia del todo los valores dramáticos del contexto trágico y que desaprovecha la oportunidad de investigar otros conflictos familiares que hubiesen dotado a la trama de una solidez mucho mayor. En resumen, consigue dejar atrás los estereotipos de un melodrama pero no vuela alto, no impresiona. No pasa lo mismo con los personajes, que están muy bien construidos (aunque a algunos se les podría haber sacado más partido) y permanecen respaldados por unas muy poderosas interpretaciones, en especial la de Lance Henriksen, que es digna de aplauso (y de un premio Óscar si se permite).
Con todas estas apreciaciones sobre la mesa, no son muchas las pistas sobre el camino que va a seguir nuestro realizador a lo largo de todas sus próximas obras. Lo que sí considero es que su primer acercamiento surge como un acierto que puede celebrarse y un tratamiento decente sobre las dificultades de la vejez y la locura dentro de las relaciones afectivas.


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